La casa Coca-cola ha abierto en el Estado español el primer
“Instituto de la Felicidad” del mundo, dedicado a registrar las
vibraciones sísmicas de la felicidad de los españoles y a orientarles a
partir de los consejos de sus “expertos” en felicidad. Vale la
pena explorar su página web, donde encontramos bien ordenadas y
clasificadas las variables que, según Coca-cola, intervienen en la mayor
o menor dicha de los seres humanos. Es ya significativo que sea la casa
Coca-cola, responsable de toda clase de crímenes en los lugares donde
fabrica su merífica fórmula, mascarón de proa del imperialismo
estadounidense, la que se arrogue la gestión y representación de la
“felicidad mundial” (se bebe Coca-cola en más países que miembros tiene
la ONU), pero es aún más elocuente el hecho de que, según el informe
elaborado por el Instituto, España es el país más feliz de Europa, con
casi un 90% de felices convictos y confesos. Es extraño, si no
extraordinario, que el país más afectado por la crisis, con más de 4
millones de parados, con los índices de trabajo precario más altos de la
UE, bajo un permanente retroceso de derechos sociales y laborales
conquistados muy recientemente, la mayor parte de la población se
declare contenta y satisfecha. ¿Hay que creer estos datos? ¿Los
encuestados mienten? Yo sacaría dos conclusiones. La primera es que, en
el marco referencial delimitado por la casa Coca-cola (el de la vida
privada identificada con la familia y los placeres individuales del
consumo) los resultados son bastante fidedignos. Pero al mismo tiempo,
diría que ese marco referencial (el del hedonismo de masas que abreva
ininterrumpidamente en el mercado) ejerce una enorme presión psicosocial
sobre los encuestados: es vergonzoso, si no culpable, sentirse
descontento o insatisfecho y nadie se atrevería a declararlo en voz
alta. Nuestra obligación es ser felices y no serlo indica ya una falla,
una falta, una especie de pecado original. En las sociedades
capitalistas avanzadas, hay una relación de directa proporcionalidad
entre la criminalización creciente de la política y la criminalización
creciente de la infelicidad. La infelicidad es ya molesta, importuna,
provocativa, subversiva. Hemos prohibido la infelicidad como hemos
prohibido la disidencia en el espacio público. Y me parece una peligrosa
situación social, muy amenazadora en el futuro inmediato, la de una
población que 1. se cree con derecho individual a la felicidad, 2. está
socialmente obligada a ser feliz y 3. es objetivamente despojada de las
condiciones que le permitirían serlo. No hace falta mucha imaginación
para adivinar las consecuencias políticas de esta combinación.
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