martes, 27 de noviembre de 2012

critica Instituo de la felicidad

La casa Coca-cola ha abierto en el Estado español el primer “Instituto de la Felicidad” del mundo, dedicado a registrar las vibraciones sísmicas de la felicidad de los españoles y a orientarles a partir de los consejos de sus “expertos” en felicidad. Vale la pena explorar su página web, donde encontramos bien ordenadas y clasificadas las variables que, según Coca-cola, intervienen en la mayor o menor dicha de los seres humanos. Es ya significativo que sea la casa Coca-cola, responsable de toda clase de crímenes en los lugares donde fabrica su merífica fórmula, mascarón de proa del imperialismo estadounidense, la que se arrogue la gestión y representación de la “felicidad mundial” (se bebe Coca-cola en más países que miembros tiene la ONU), pero es aún más elocuente el hecho de que, según el informe elaborado por el Instituto, España es el país más feliz de Europa, con casi un 90% de felices convictos y confesos. Es extraño, si no extraordinario, que el país más afectado por la crisis, con más de 4 millones de parados, con los índices de trabajo precario más altos de la UE, bajo un permanente retroceso de derechos sociales y laborales conquistados muy recientemente, la mayor parte de la población se declare contenta y satisfecha. ¿Hay que creer estos datos? ¿Los encuestados mienten? Yo sacaría dos conclusiones. La primera es que, en el marco referencial delimitado por la casa Coca-cola (el de la vida privada identificada con la familia y los placeres individuales del consumo) los resultados son bastante fidedignos. Pero al mismo tiempo, diría que ese marco referencial (el del hedonismo de masas que abreva ininterrumpidamente en el mercado) ejerce una enorme presión psicosocial sobre los encuestados: es vergonzoso, si no culpable, sentirse descontento o insatisfecho y nadie se atrevería a declararlo en voz alta. Nuestra obligación es ser felices y no serlo indica ya una falla, una falta, una especie de pecado original. En las sociedades capitalistas avanzadas, hay una relación de directa proporcionalidad entre la criminalización creciente de la política y la criminalización creciente de la infelicidad. La infelicidad es ya molesta, importuna, provocativa, subversiva. Hemos prohibido la infelicidad como hemos prohibido la disidencia en el espacio público. Y me parece una peligrosa situación social, muy amenazadora en el futuro inmediato, la de una población que 1. se cree con derecho individual a la felicidad, 2. está socialmente obligada a ser feliz y 3. es objetivamente despojada de las condiciones que le permitirían serlo. No hace falta mucha imaginación para adivinar las consecuencias políticas de esta combinación.

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